materiales

La seguridad alimentaria desafía la sostenibilidad en el diseño de envases

El desarrollo de materiales biobasados, reciclados, reutilizables, inteligentes y activos exige nuevas evaluaciones científicas y regulatorias para el contacto alimentario.

El envasado alimentario ha tenido tradicionalmente la función principal de proteger el alimento, conservando sus propiedades y evitando la contaminación. No obstante, en Europa, los envases representan casi el 60% de los residuos plásticos, lo que ha impulsado una reorientación hacia una economía circular basada en la reducción, reutilización y reciclado de materiales.

Esta transición, como se detalla en un reciente artículo publicado por The Conversation España y disponible en theconversation.com, se enfrenta a retos científicos y regulatorios significativos, especialmente en lo que respecta a la seguridad del contacto con alimentos.

Entre las soluciones más prometedoras se encuentran los materiales de origen biológico, derivados de recursos renovables como plantas o microorganismos, que buscan reducir la dependencia de materias primas fósiles y la huella de carbono. Ejemplos incluyen la celulosa, el almidón, el ácido poliláctico (PLA) o los polihidroxialcanoatos (PHA). Sin embargo, su origen natural no exime de la necesidad de rigurosas evaluaciones individuales, ya que pueden contener sustancias tóxicas como metales pesados, pesticidas o micotoxinas, e incluso plantear problemas relacionados con alérgenos si se elaboran a partir de proteínas.

Otra estrategia clave es el incremento del contenido de plástico reciclado. El tereftalato de polietileno reciclado (rPET) es un caso de éxito para botellas de bebidas debido a su facilidad de separación y baja absorción de contaminantes. No obstante, el reciclaje de plásticos para contacto alimentario es un proceso complejo. Los materiales pueden arrastrar residuos de usos anteriores (tintas, adhesivos, químicos) y plásticos como las poliolefinas absorben y liberan compuestos orgánicos, dificultando su reutilización segura.

Por otro lado, la reutilización de envases se considera un pilar de la verdadera economía circular, con ejemplos como botellas de vidrio retornables o de PET reutilizables para múltiples ciclos. Esta opción, sin embargo, requiere exhaustivos procesos de lavado y controles analíticos que garanticen la seguridad y la higiene antes de cada nuevo llenado.

La innovación también se extiende a los envases inteligentes y activos. Los primeros incorporan sensores para monitorear el estado del alimento o la temperatura, mientras que los activos participan en la conservación, liberando agentes antimicrobianos o captando oxígeno y humedad para prolongar la vida útil. La seguridad de estas tecnologías, que pueden implicar nanopartículas, aceites esenciales o compuestos antimicrobianos, depende de demostrar que no migran al alimento en cantidades que comprometan la salud del consumidor. Las autoridades europeas y organismos como la EFSA exigen estudios toxicológicos y de migración exhaustivos antes de su autorización.

En este contexto, la química analítica avanzada es fundamental para la evaluación de riesgos, permitiendo identificar miles de compuestos, incluyendo sustancias no añadidas intencionadamente (NIAS) que pueden generarse durante la fabricación, el reciclado o el uso. El futuro del envasado alimentario, en consecuencia, se perfila como una combinación de materiales biobasados seguros, plásticos reciclados de alta calidad, sistemas reutilizables eficientes y envases activos e inteligentes, buscando un equilibrio entre sostenibilidad, funcionalidad, seguridad alimentaria y viabilidad económica.

Fuente original: The Conversation Espaa

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *