El ‘largoplacismo’ y el transhumanismo redefinen la extinción en la era de la IA
La publicación The Conversation España, en un artículo firmado por Ramón López de Mántaras, ha puesto de manifiesto cómo las filosofías del transhumanismo y el "largoplacismo" están moldeando la perspectiva de algunos líderes tecnológicos de Silicon Valley sobre el futuro de la humanidad y el desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Estas corrientes proponen la superación de las limitaciones biológicas humanas mediante la tecnología, llegando incluso a contemplar la sustitución del Homo sapiens por formas de existencia posthumanas o superinteligencias artificiales.
Una de las derivaciones del altruismo eficaz, el "largoplacismo", extiende la importancia del bienestar a generaciones futuras, incluyendo las posthumanas, lo que puede justificar la aceptación de riesgos y costes presentes si se considera que aumentan el "valor" futuro. Desde esta óptica, la preservación de la humanidad no siempre implica la supervivencia del Homo sapiens. El análisis distingue entre "extinción terminal" —la desaparición total de nuestra especie sin sucesores posthumanos— y "extinción final", donde el ser humano es reemplazado por una forma de existencia posthumana considerada lo suficientemente valiosa como para representar una continuidad de la humanidad. Para ciertos sectores transhumanistas, la segunda no sería el peor escenario posible, sino una evolución o culminación.
Esta perspectiva tiene implicaciones directas en el desarrollo de la superinteligencia artificial. Si esta se concibe como el medio necesario para alcanzar un futuro de mayor "valor", los riesgos asociados a su avance, por significativos que sean, pueden ser vistos como un precio aceptable. En este marco, frenar o regular el desarrollo de la IA podría interpretarse como una renuncia a ese futuro deseable.
El material señala una preocupación fundamental: la concentración de poder en la toma de decisiones sobre el futuro tecnológico. La idea de que las mismas empresas que desarrollan estas tecnologías sean las únicas capacitadas para gestionar sus riesgos y definir qué progreso es legítimo, plantea una contradicción con los principios democráticos. Se destaca la inconveniencia de que quienes tienen inversiones multimillonarias en IA sean también los árbitros de sus riesgos, y las declaraciones de figuras como Donald Trump, respaldadas por líderes tecnológicos, que abogan por la autorregulación en este ámbito. La publicación concluye que es imperativo establecer un control democrático efectivo sobre estas tecnologías antes de que las decisiones fundamentales queden condicionadas por un grupo reducido con intereses económicos.
Fuente original: The Conversation Espaa







