El pulso tecnológico entre China y Estados Unidos reconfigura la economía global
Durante las últimas décadas, China ha ascendido hasta convertirse en la segunda economía del mundo, generando aproximadamente un tercio de las manufacturas globales. Su avance es notable en sectores como los vehículos eléctricos, las baterías, las energías renovables, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones. Desde Pekín, este proceso se interpreta como la recuperación de una posición central que ocupó durante siglos, y que perdió a partir del siglo XIX, un periodo al que se refiere como el “Siglo de la Humillación”.
Esta trayectoria histórica ayuda a entender la creciente rivalidad con Estados Unidos, una competencia que se manifiesta en tecnología, cadenas de suministro, mercados, finanzas e influencia política. La cuestión subyacente es cómo se repartirá el poder en la economía mundial durante las próximas décadas.
La estrategia china ha evolucionado significativamente, pasando de ser una plataforma manufacturera global a priorizar actividades de mayor valor añadido. El objetivo, reflejado en diversos programas industriales y tecnológicos, es potenciar la capacidad nacional en ámbitos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la robótica, las baterías y la computación cuántica. Esto ha resultado en el surgimiento de empresas chinas como Huawei o BYD, que compiten a nivel internacional con compañías de Estados Unidos, Europa, Japón y Corea del Sur, desarrollando capacidades tecnológicas propias.
La política estadounidense, según un análisis publicado en The Conversation España, ha cambiado en respuesta a esta transformación. Durante años, Washington favoreció la integración de China en la economía mundial, esperando una liberalización interna. Sin embargo, China se integró profundamente mientras el Partido Comunista mantuvo el control político. Esta integración permitió a China acumular capacidades industriales y tecnológicas que la convirtieron en un competidor directo. Ahora, la estrategia de Estados Unidos, adoptada por administraciones sucesivas, se centra en frenar la escalada de Pekín mediante aranceles, controles tecnológicos, subsidios y política industrial, bajo la premisa de que la seguridad nacional depende también de la capacidad productiva y el control de tecnologías estratégicas.
Este cambio está reconfigurando la globalización, donde la eficiencia económica comparte espacio con la seguridad. Las redes productivas, financieras y tecnológicas internacionales son observadas con mayor preocupación, ya que un proveedor de semiconductores, un sistema de pagos o una infraestructura digital pueden convertirse en instrumentos de presión. Estados Unidos mantiene ventajas en las finanzas internacionales y tecnologías avanzadas, mientras China busca reducir vulnerabilidades y construir redes propias en ámbitos como infraestructuras, energías limpias y sistemas de pagos.
La batalla por la inteligencia artificial es un frente clave. Estados Unidos cuenta con ventaja en chips avanzados, capacidad de computación y modelos principales. China, por su parte, busca reducir dependencias, promover modelos de código abierto (open-weights) y más económicos, como DeepSeek, para facilitar su adopción global, especialmente en el Sur Global. La competencia también abarca las reglas y estándares, determinando quién define las normas de seguridad, auditorías y requisitos que guiarán el desarrollo y la implementación de la IA. La disputa, por tanto, trasciende la mera potencia tecnológica para incluir la configuración del ecosistema global.
Fuente original: The Conversation Espaa






